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“Maestros del vínculo y del afecto”

“Maestros del vínculo y del afecto”

Todos nosotros hemos tenido la experiencia de ser acompañados por profesores o profesoras a lo largo de nuestra existencia. El ser profesor debe ser una de las profesiones más antiguas y también uno de los oficios con mayor impacto en la vida de las personas. Un niño – en la mayoría de los casos – pasa al menos 12 años en el colegio, con un promedio de 8 horas diarias. Un profesor promedio impacta en toda su vida escolar docente a más de 3.000 almas.

Ciertamente, un profesor enseña mucho más que la asignatura en la cual se especializó. Desde una mirada más tradicional, la educación es un dialogo entre dos generaciones que mira lo que la generación adulta elige como lo mejor que han heredado para legar a sus hijos, constituyendo un dialogo que mira al futuro, a la apuesta que es la vida nueva encarnada en niños y jóvenes. Este dialogo descansa de modo fundamental en la figura del profesor, quien, en su quehacer cotidiano, condensa el trabajo de la sociedad sobre si misma: sobre lo que ésta quiere conservar y considera sagrado y también sobre lo que juzga debe cambiar por percibirlo limitante o injusto.

Hoy en día, en cambio, el desafío del profesor es ayudar a vivir en la incertidumbre más que transmitir las certidumbres de una generación a otra. Este giro hace mucho más desafiante el rol del profesor, ya que debe lidiar con sus propias incertidumbres para poder dar y transmitir seguridad a quienes está formando.

El profesor se constituye la mayoría de las veces, en un referente para la vida de los niños que educa. La enseñanza ocurre en un contexto relacional, en donde los profesores – y los niños- ponen mucho más en juego que solamente el aprendizaje de contenidos. A mi juicio, el niño y el maestro, comprometidos en esta relación cotidiana se afectan mutuamente construyendo vínculos, identidad, valoración, aceptación y pertenencia. Es decir, así como el profesor hace y forma al estudiante, este último hace al profesor. La relación es de mutua necesidad y complementariedad. Uno no existe sin el otro.

Esta relación de cooperación mutua es contracultural, actualmente estamos acostumbrados a competir, a ganar. El profesor debe generar colaboración en un mundo que estimula la competencia, debe generar confianza, en una sociedad que desborda en desconfianza, debe educar en la espera y paciencia, en una cultura de la inmediatez, debe acompañar en el fracaso, para hacerlo fecundo, todo en un contexto que reconoce ha adoptado como patrón de oro el éxito individual.

En la relación con su profesor, el niño se forja a si mismo desde el juego, el asombro, la superación de las adversidades y el reforzamiento de sus logros, en un camino de aprendizaje y transformación hacia la mejor versión de sí mismo. Los múltiples profesores en la vida de un niño van aportando en su desarrollo, como el agua y el viento a un árbol, para que pueda ser lo que esté llamado a ser, siendo todos distintos, todos igualmente valiosos y dignos.

Un profesor se constituye en un modelo para el niño desde la persona que es y también en un referente de la vida adulta, pues lo que aprendemos de nuestros profesores sigue actuando en nuestra vida. Todo en él enseña, todo el tiempo. Su saludo, su cariño, su emocionar, sus movimientos, sus decisiones, sus silencios, sus reacciones, sus miradas… el brillo de sus ojos. También enseña su manera de ver la vida y la actitud hacia ella. Su ser se devela en todo cuanto hace a la luz de las miradas luminosas devueltas por sus niños. Finalmente, los estudiantes hacen lo que el profesor hace, no lo que el profesor dice.

El maestro además ayuda a través de su acción docente y pedagógica a hacer comprensible el mundo físico, emocional, natural, químico, histórico, filosófico, espiritual y cultural a los niños… a través de su capacidad de relacionar cosas o fenómenos y ponerlas en contexto para que ocurra la representación y desde ahí la comprensión de la experiencia. Pero no solo explica el cómo funciona el mundo y la naturaleza, también acompaña a cada estudiante en las respuestas más fundamentales de la vida, ¿por qué esto es así?, ¿por qué pudo ser creado?, ¿qué lugar ocupo yo en este mundo?, ¿cuál es mi misión y proyecto personal? Es decir, no solo apoya el desarrollo de la racionalidad instrumental, sino que, fundamentalmente, conduce y acompaña en el proceso de dar sentido a la vida.

El profesor “junta” las cosas del mundo, las descompone, las analiza y las vuelve a unir frente a los ojos de los niños. El profesor en sus acciones cotidianas conecta, asocia y vincula textos con contextos, el mundo del conocimiento con el mundo concreto en que los niños viven (aprendizaje contextualizado). Es como si el acto de enseñar fuese el delicado arte de “tejer cosas”, generando un mundo con sentido y propósito para los estudiantes. Cristián Warnken, profesor de Lenguaje, columnista y poeta, lo expresó bellamente en su texto,“Profesores de Chile”:

“… El mensaje está ahí

protegido

de la intemperie que devasta

y se dice al oído

al oído de un niño que en la noche escucha

la voz de su profesor

decirle cosas

Las cosas del mundo que a veces están solas

Si el profesor no las junta

Las cosas que se dislocan

si el profesor no junta los pedazos de su propio

corazón roto

para pegarlo

con el amor

con el que se vuelven a levantar las patrias rotas…”

Cristián Warnken,

“Profesores de Chile”, en Relatos de Educación,

03 de septiembre del año del Bicentenario.

Enseñar es también saber escuchar los ritmos, tiempos y procesos de cada niño, saber esperar y a la vez desafiar en el momento preciso, tal cual lo hace la madre naturaleza con sus ciclos desde el inicio de los tiempos. Educar es respetar la diversidad de aproximaciones al aprendizaje y a la acción, y también acoger el error como un maestro del aprendizaje que nos regala la posibilidad de mirarnos y mostrarnos el observador que estamos siendo.

Enseñar es un acto de amor, y por lo tanto un acto de valor. Honro a los docentes que entregan mucho más que sus valiosos conocimientos, honro su pedagogía y su didáctica, honro su perseverancia, su mediación, su paciencia y la convicción de que todo niño puede aprender y trascender el ser que está siendo a través de la libertad que da el conocimiento y la autoconciencia.

Los profesores son esenciales en la formación de las nuevas generaciones. Pese a este hecho, llama la atención que, en los últimos tiempos, la conversación entre sociedad y profesorado se ha ido deteriorando. Se hace urgente reestablecer un reconocimiento y un afecto por el quehacer docente y su noble misión que hoy se expresa débilmente en nuestra cultura.

Te invito a recordar por un momento a todos aquellos profesores y profesoras que de una u otra manera han marcado tu vida positivamente. Recuerda sus nombres, su sonrisa, su paciencia, su presencia, sus miradas, lo que dejaron para tu vida.  El cómo te acompañaron, el desde dónde te acogieron, el cómo te desafiaron de manera amorosa y firme a la vez. Como a través de experiencias y anécdotas te trasmitieron una forma de ver la vida, valores y virtudes humanas. A aquellos profesores que con su presencia e interacción contribuyeron a forjar tu identidad y ciudadanía.

Los profesores, mensajeros de la cultura y de nuestro modo de vivir, maestros del vínculo y del afecto, co-constructores de tu confianza y cómplices de tus sueños, aliados con la magia del aprendizaje y la belleza del conocimiento al servicio de darte alas para que tomes tu propio vuelo.

A todos ellos, un mensaje de gratitud, reconocimiento y valoración en su día.

Fuente: The Newfield Network – Por Juan Pablo Contreras, Psicólogo infanto-juvenil, Coach Ontológico Senior

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